Cada vez se aprecia que la intolerancia de los ciudadanos se va radicalizando más. ¿cuál es la causa?
Hoy día cuesta trabajo mantener una conversación normal con un conocido, compañero, amigo e incluso familiar, si entre los temas de conversación aparece la política. Entonces, como por arte de magia, apreciamos que las personas se dividen en dos y de forma diáfana aparecen dos posturas absolutamente dispares, irreconciliables.
Es muy curioso que no existan posturas intermedias. Los partidarios de la derecha difieren rotundamente de los partidarios de la izquierda. Es como si los cerebros humanos fuesen de dos clases. Estoy seguro de que lo habéis comprobado. No es que pueda existir desacuerdo en un punto concreto. No, la radicalidad se pone de manifiesto y asistimos a dos maneras de ver las cosas diametralmente opuestas. Y no solo opuestas, sino hasta beligerantes.
Cuando de lo que se habla con esas mismas personas pertenece a cuestiones del trabajo, de la convivencia, de deportes, del amor, aquí puede que el debate se convierta en una charla amena que se va enriqueciendo con los distintos puntos de vista de cada uno de los tertulianos. Aquí, entonces, si hay acuerdos o al menos los puntos de vista son aceptados por el resto de forma tolerante y pacífica.
¿cuál es, entonces, el motivo de la radicalidad cuando de lo que se trata es de política?
Es casi general que los pensamientos políticos están ahora presentes en todos los ciudadanos. Todo está politizado. Ya no es frecuente escuchar aquello de soy apolítico. Ahora no, la política ocupa un puesto muy elevado en nuestro comportamiento y condiciona la “tradicional” escala de valores. En efecto. Si realizamos una somera reflexión y dedicamos un momento de atención a los comportamientos de otra persona de la que no conocemos su ideario político, lo podremos averiguar simplemente a través de la observación de su comportamiento. Observar, simplemente qué periódico compra o qué radio escucha es suficiente para conocer con que partido político simpatiza. Esto no existía antes. Cuando comienza la democracia en España, después de la coronación del Rey, las personas se empiezan a posicionar hacia un lado político. Hasta entonces y muy al final de la dictadura, solo unos escasos movimientos sindicales nos dicen que algo se mueve. Estos actos respaldados por los sindicatos alcanzan una virulencia asombrosa cuando se comienza a echar a andar por el camino de la democracia pacífica. ¡qué contraste, verdad!. Tal vez sería porque a partir de ahí, la persona que los ejecuta se siente poseedora de unos derechos, o tal vez piensa que tiene una patente de corso. Las huelgas salvajes han costado vidas anónimas. Si, es verdad. En el sector sanitario algunas personas perdieron la vida como consecuencia de las actuaciones violentas de piquetes -¿los llamamos sindicalistas?- que impedían la realización de los servicios mínimos. Ni supongo ni creo. Sé que hubo personas que murieron como consecuencia de estas huelgas salvajes. ¿Con esa postura, que es lo que buscaba la izquierda?. Desde luego no era consolidar la democracia. Era ganar posiciones que le permitiesen ser el caballo ganador. Dejemos, por ahora, este análisis de las actuaciones sindicales durante la transición. Pues lo que deseo tratar no es otra cosa que la causa por la que la violencia está al servicio de la política. Ya hemos visto cómo desde la transición la izquierda usó y abusó de la violencia. Sabía que en ese momento la Autoridad no podía refrenar las actuaciones ilegales por temor a heridos o muertos que encendieran la mecha. Y muy cerca estuvimos en España de vivir momentos de agitación política radical. Con el paso de los años, la radicalidad en la derecha ha quedado reducida a casos marginales. No cuenta con buena prensa. Es más, siempre es condenada. Como debe serlo. Pero si analizamos los comportamientos de los grupos nacionalistas, vemos que la marginalidad se refugia en la violencia. La intolerancia está presente ante cualquier persona que no tenga el mismo ideario político. Existe un acoso permanente. Ejemplos son los doscientos mil vascos que han abandonado Vascongadas, y el número incesante de industrias y de personas que empiezan a hacer lo propio de Cataluña. Lo curioso es que en esas tierras españolas, las formaciones políticas de ideología no extrema miran hacia el otro lado y no hacen frente a esa violencia que ejecutan las minorías violentas de izquierda. El caso del PNV es de auténtico Juzgado de Guardia. Y actúan así, porque es bueno para ellos. Logran avances con su estrategia política. Hoy me viene a la memoria, con pena, cuando los salvajes de eta ponían ikuriñas –todavía no legalizadas- a las que adosaban bombas para acabar con la vida del guardia civil al que le ordenaban que retirase tal ¿bandera? (entonces no era ni eso). Fijaos cuanto han avanzado las posiciones de los nacionalistas en Vascongadas gracias a la violencia. Respecto de Cataluña, es la Ezquerra quién lleva el estandarte del enfrentamiento. ¿Recordáis que bien se lleva con los asesinos de eta?. E incluso Convergencia ha tirado por la calle de en medio para conseguir sus objetivos. Aquí la violencia física ha sido menor, pero estuvo siempre presente la violencia psíquica. Y también logran, paso a paso, cada uno de los objetivos intermedios, en espera de lograr su independencia. Se ha ido creando un clima de enfrentamiento, donde ya no existe el debate, sino la descalificación del rival como medio de amordazarle. Y esa es la situación a la que todos asistimos, cada día, cuando frente al televisor o al aparato de radio, escuchamos cualquier tertulia política, y apreciamos que va calando permanentemente en los ciudadanos. No hay posiciones intermedias. Es increíble, pero es evidente. ¿tanto juego da a las formaciones políticas el uso de la violencia, aunque simplemente sea verbal? Y ¿Qué hace el Estado de derecho, gobiernen las derechas o las izquierdas?. Solo perder terreno. Temen el enfrentamiento, y vuelven a dar pasos atrás. Y los ciudadanos, ¿Qué se espera de nosotros, que sigamos con la caña y una de gambas? Lo que está claro es que esto no se arregla solo. Mientras hagamos un brindis al sol, cada vez estaremos más alejados de arreglar este problema. |